Las aldeas

En el jardín el sol brilla. El viento empezó pronto a mover hojas y ramas con fuerza, pero envolvió a Apis con suavidad. En su vuelo ella mueve las antenas con determinación y analiza el entorno. Está apurada, entre sus alas tiene una misión acordada con la reina. Aun así se detiene, le llama la atención la habitación en donde está Anier.

En el jardín

Allí la luz es tenue, la temperatura es más caliente, está lleno de extrañas vibraciones, el viento es húmedo. Anier la ve en la ventana y le explica que las gruesas telas, los muebles oscuros, el exceso de elementos y las paredes abarrotadas con grandes retratos, no les permiten al sol reflejar los colores. Apis se calma al comprender las miradas vacías y descosidas de esas personas que la observan enmarcadas en las paredes. Debe continuar su camino, emprende su vuelo al tiempo que le dice Anier sobre su misión.

A una corta distancia se encuentra con una de su especie a la hora y lugar acordado, para visitar las aldeas. Apis necesita comprender cómo son y juntas vuelan a ese lugar. En el camino observa que la vegetación se hace más abundante y los olores más intensos. El néctar de las flores se percibe más dulce. Al llegar le sorprende ver a muchas personas que, igual que Anier, pueden comprenderlas. Apis se siente muy a gusto y de inmediato le pregunta a su compañera de vuelo:

—¿Cómo es la vida en estas colmenas…?

—La respuesta debe esperar, el viento trae señales de peligro… —dice la compañera tras realizar un vuelo circular en torno a Apis.

Ambas se percatan que cerca del lugar en donde están reunidas, hay varios vehículos. De ellos salen personas que Apis puede reconocer fácilmente por su pestilente olor, sus vestiduras azules, su manera de caminar en círculos y sus huellas también azules, casi negras y viscosas. Eran los mismos que había visto en los recuerdos de Anier y que ella le advirtió eran peligrosos.

Los humanos de esa aldea también reconocen las señales del viento y se ponen alertas. Aunque al principio parecían muchos, quedan minimizados con la presencia de los otros que se multiplican e inundan todo el lugar. Entran en avalancha, ondean unos papeles muy grandes y vociferan al unísono que esas tierras les pertenecen a las personas a las que ellos llevan a rastras en su marcha. Quienes gritan descoordinadas y destruyen lo que se encuentran a su paso.

Los humanos de esa aldea protegen a los nuestros y les facilitan el escape al pararse delante de los panales y los intrusos. Mientras los míos vuelan, los humanos protectores son apaleados, lanzados al suelo, pisoteados. Los otros llevan antorchas y al grito de:

—¡Hay abejas! —Queman los panales.

A pesar del gran esfuerzo de nuestros protectores, algunas reinas quedan atrapadas y mueren arropadas con los cuerpos de aquellos que las cuidan.

Queman los panales

Los sobrevivientes, confundidos y dispersos vuelan sin rumbo. Apis comprende que debe asumir el control. Se vale de las capacidades que la muerte le repotenció. Como una reina los agrupa y da las órdenes necesarias para mantenerlos a salvo en la huida:

—¡Viento, aleja el humo y sopla suave para aliviar el vuelo! —Ordena Apis y el viento corre en su ayuda.

La huida es dura, la mayoría están heridos y aturdidos. Para Apis encontrar el camino de vuelta a la colmena se hace difícil. Los rayos del sol no se ven y sus ojos están afectados por el humo, no logra distinguir el plano de vibración de la luz. Entonces recordó el imán natural de su abdomen, su propio campo magnético. Lo activó y se sorprendió al ver que también están fortalecidas sus cualidades. Le saca provecho y emite una señal de auxilio que llega a su colmena de manera casi inmediata. Pronto ven aparecer al grupo que, con la ayuda del viento, los lleva a la colmena donde vive Apis.

Comienzan a reorganizarse y Apis le pregunta al viento por los humanos protectores

—¿Qué pasó con ellos? ¿En dónde están? —El viento le susurra que están heridos y dispersos. La incertidumbre se posa sobres sus alas y detiene el vuelo.

Duda, no sabe si puede llevar a buen término su misión. Se siente limitada ante los ataques desproporcionado de algunos humanos. Comprende que debe encontrar la manera de hablar con el fuego.

2 comentarios

  1. Hola Miguel, esto lo saqué a raíz de un vídeo donde un funcionario en Chile quemó un panal de abejas y se desató una protesta, pero esto es más frecuente de lo que creemos. 😢Tengo ya un tiempo buscando información sobre las abejas y como algo insólito, el consumo de las almendras está poniendo en peligro a las abejas en California. Una especie de «esclavitud» hacia ellas ha matado a una gran cantidad. Esto lo tendré que tratar de alguna manera en alguno de los cuentos de Apis, una diminuta guerrera enfrentada a una multitud de humanos sin conciencia 🐾

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