7 y 9 b. Dejadme complaceros y La autoridad primaveral. El expulsado

Dejadme complaceros!

El giro de 180° que dio la vida social de Saturnino Segundo resultó una sorpresa. Cenas, películas, charlas, juegos… en fin, actividades que ni sabía se podían hacer en grupo o desde una casa.

Se hizo frecuente que al llegar al trabajo, entre cafés, chistes, bromas y el acostumbrado reclamo al compañero de turno, pregunten como al descuido: «Molina ¿qué hora es… ?» «Por cierto Molina, ¿En qué fecha estamos?» y al responder con cualquier número le gritan alegres: «¡Ganaste! ¡Te toca hacer la reunión de esta semana!». Luego ríen y siguen con sus temas.

En el piso de Daniel, el gato negro (Bram) ronda el salón y los snack. El libro: Malas decisiones bajo el mueble del la TV
Vida social

En su afán por pertenecer al grupo, Saturnino Segundo acepta gustoso recibir en su casa a los compañeros y sus amigos. Algunas veces también van los que suelen estar invitados a la tertulia de la tarde e incluso Víctor y Daniel, «La alta esfera» cómo se la describe a Bram.

Con los músculos tensos y los bigotes alineados Bram deja claro que no le importa quiénes son los de «La alta esfera» de la que habla Aarrnino, que no le agrada ese entrar y salir de gente. Él percibe el olor pestilente que emana de sus cuerpos y la sensación de intranquilidad que reina en el ambiente cada vez que llegan. Aarrnino se niega a reconocerlo, aunque al finalizar las visitas hace su «limpieza de energía» a fondo.

En una especie de declaración de guerra, los sonidos agudos de Bram suben de volumen cada vez que alguien intenta tocarlo. La extraña razón por la que Aarrnino los necesita en su vida, es una de esas cosas de humanos que aún no comprende.

También con otros sonidos y movimientos Bram le explica Aarrnino que le molesta el ruido de esas voces altisonantes, el choque de las tazas de café, vasos de cerveza y alcohol entre sí, que estén por la cocina, el salón, la habitación, sus plantas… Que invadan el espacio con su presencia y lo llenen con murmullos lleno de detalles sobre secretos que a él no le interesan, pero al parecer son objeto de curiosidad de Aarrnino, quien los escucha con cara de interrogación.

Necesitó mucha menta para purificar el ambiente cada fin de semana. Lo que más le fastidia a Saturnino Segundo es bajar a media noche (y a veces de madrugada) para tirar el agua, el envase, los trapos… lejos del edificio, para luego encender el incienso y repetir las cosas buenas que desea mientras intercala su frase de ayuda Hocus-Pocus.

No fueron muchas las visitas antes de que Bram incluyera a Saturnino Segundo en el blanco de su protesta. Sus ojos verdes lo miran fijo desde lugares estratégicos, captura sus movimientos, juzga la presencia constante e invasiva de ellos. Con desaprobación contempla cómo Aarrnino se limita hacer gala de humor para alegrar las largas visitas, en vez de poner fin a tanta incomodidad. Por el contrario Bram los hace sentir presas atrapadas y perdonados por un ser superior, que tolera su presencia siempre que mantengan las distancias.

El escaso tiempo que pasan a solas, Bram lo aprovecha para transmitir sus quejas al pararse sobre el teclado del portátil o frente al televisor. También tira el móvil al suelo al escuchar su tono metálico.

—Mi Bram trata de ser más sociable, más amable —dice Aarrnino

«¿«MI»?, ¿me he convertido en su propiedad?» parece pensar Bram mientras hace sonidos cortos, desesperados por comunicar sus impresiones de forma amable.

—Está bien que busques refugio en la ventana si hay visitas, pero trata de no azotar el aire con tus últimas vértebras. Comprende mi Bram, que esa cola hermosa alborota el olor pestilente a pescado descompuesto que a veces se cuela en el piso. Lo siento pero dicen que llega con tu paso —continúa Aarrnino, con esas palabras hirientes. Llamó «mi» a quien antes era un igual.

Aarrnino, cada vez más sordo a su propio lenguaje e inconsciente del cambio en su forma de hablar se desdibuja. Con cada palabra discordante, con cada «mi» abandona poco a poco a «Saturnino Segundo» y se transforma en «Molina». Es lo que parece pensar Bram quien se limita a frotar su cabeza con fuerza sobre el cuerpo de Aarrnino para explicar con más facilidad, que ese olor llega con las visitas humanas. Y que la forma sigilosa de caminar es para evitar las huellas de ellos, hechas con viscosos hilos azules, que al parecer, solo perciben la abeja que los visita y él.

El ambiente enrarecido hace que Bram intuya un mal desenlace. Se resigna. Aunque intenta dar su opinión con sonidos intermedios, entre el maullido y el ronroneo, Saturnino Segundo no interrumpe su discurso sobre lo bien que ayudan las plantas en la limpieza de energías, la explicación del origen de la expresión Hocus-Pocus y recalca que gozan de un espacio cómodo, práctico, y casi gratis, gracias al jefe de ellos.

Bram escucha resignado a Saturnino Segundo (silueta) en el salón del Piso de Daniel.

Finalmente Saturnino Segundo promete que será una vivienda temporal, pero Bram siente que están como

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